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Solicitar la cooperación de las víctimas

modernidadHolocausto

Ahora debemos temer más a la persona que obedece la ley que a quien la viola
Dwight Macdonald (1945, sin haberse recuperado del todo
de la demoledora verdad del Holocausto)

En los tiempos de la ciencia y de la razón, las recetas ya están inventadas. Es como si hubiera una formula para todo, y lo único que necesitamos es topar el experto de turno que gestione nuestros temas de la forma más racional posible. Se necesitan técnicos y no políticos ¿verdad?

Hoy en día se están aplicando las mismas políticas de ajuste que las instituciones globales recomendaron aplicar en Sudamérica y Asia que sólo colaboraron a exacerbar las crisis y llevar al mundo al borde de un colapso económico global. Lo explica muy bien hoy en Gara el miembro de la dirección de Syryza Errikos Finalis: “La Troika nos dice que no demos comida a los que no pueden pagarla”. Parece ser que hay que cumplir con lo que dice ¿quién? sin atender a los resultados. Tenemos que tomar decisiones que van contra nosotros, pero hay que hacerlo, no hay más remedio. Hay que ser responsables y realistas.

Urkullu dijo querer “liderar Euskadi en uno de los tiempos económicos más difíciles que a nuestra generación le va tocar vivir. Tiempos difíciles en los que se van a tomar decisiones difíciles”.

Egibar también dice que “va a haber que hacer recortes, ajustes, no sé como denominar… “ y ha abogado por “no hacer demagogia” en unos tiempos en los que “se va a imponer la austeridad”. Por lo tanto las medidas de austeridad no se ponen en duda, lo que hay que hacer es gestionarla de la mejor manera posible.

Según Joseba Egibar ELA y LAB “huyen” de tomar decisiones que les puedan “corresponsabilizar” y pretenden “transitar de un periodo de crisis a otro de crecimiento sin hacerse responsables de las decisiones”. Efectivamente, no quieren tomar decisiones en contra de la clase trabajadora, que es la clase a la que representan.

A otros, en cambio, se les agradece su realismo y cooperación: el acuerdo de pensiones acredita el papel de los sindicatos, “su compromiso, responsabilidad y lealtad”.

Todo este discurso os sonará, me imagino. Es el mantra que se está utilizando desde que estalló la crisis financiera. ¿Por qué lo traigo ahora a este post? Porque estaba leyendo un libro que, salvando todas las distancias, hablaba de alguna manera sobre todo esto. Creo que el capítulo “Solicitar la cooperación de las víctimas” del libro Modernidad y holocausto ofrece mucha luz sobre este tema. No sabía que los nazis habían buscado y conseguido la colaboración de los consejos judíos, para realizar el holocausto. Me ha parecido terrible. Ofrezco unos cuantos párrafos que creo son muy esclarecedores:

Existen suficientes pruebas de que los supervisores nazis de los “barrios judíos” se esforzaron en apoyar y reforzar la autoridad de los dirigentes judíos elegidos: necesitaban el prestigio de los “consejos judíos” para conseguir la docilidad de las masas judías.

Se puede suponer que una de los perversos motivos de la insistencia nazi en hacer todo en los ghettos a través de manos judías era conseguir que el poder de los dirigentes judíos fuera más visible y convincente. La población judía quedó prácticamente fuera de la jurisdicción de las autoridades administrativas corrientes para pasar a depender de sus dirigentes correligionarios, los cuales, a su vez, recibían ordenes de, e informaban a, una institución alemana que también estaba fuera de la estructura “normal” de poder.

Hacía abajo, los dirigentes judíos ejercían un poder formalmente ilimitado sobre la población cautiva. Hacia arriba, se encontraban a merced de una organización criminal exenta de todo control por parte de los órganos constitucionales del Estado. Las elites judías desempeñaron, por lo tanto, un papel mediador fundamental en la incapacitación de los judíos. El sometimiento absoluto se consiguió reforzando las estructuras comunales y la función integradora de las elites internas.

Los judíos formaron parte del orden social que los iba a destruir. Eran un eslabón fundamental en la cadena de acciones coordinadas. Sus propias acciones eran parte indispensable de la operación total y condición decisiva para que tuviera éxito. (…) Los judíos, en consecuencia, se acostumbraron a las condiciones de sus opresores, les facilitaron la tarea y acarrearon su propia perdición aunque su actuación la guiara el propósito, racionalmente interpretado, de sobrevivir.

El holocausto reveló aspectos de la opresión burocrática que de otra manera habrían permanecido inadvertidos. Hay que tenerlo en cuenta si queremos entender la forma en que funciona el poder en la sociedad moderna. Uno de los más importantes es la capacidad del poder moderno, racional y organizado burocráticamente, de inducir acciones funcionalmente indispensables para sus fines y que son totalmente contrarias a los intereses vitales de los actores.

En dicho capítulo hay una cita de Franklin H. Littell, que explica muy porque hay que aplicar las políticas de ajuste sin atender a sus consecuencias: La crisis de credibilidad de la universidad moderna tiene su origen en el hecho de que no fueran analfabetos, ignorantes ni salvajes sin instrucción quienes planificaron, construyeron o idearon los campos de la muerte. Los centros de la muerte fueron, lo mismo que sus inventores, producto de lo que había sido, durante muchas generaciones, uno de los mejores sistemas universitarios del mundo… Nuestros graduados trabajan sin mayores conflictos de conciencia para el Chile socialdemócrata o para el Chile fascista, para la junta griega o para la república griega, para la España de Franco o para la España republicana, para Rusia, para China, para Kuwait o Israel, para Estados Unidos, Inglaterra, Indonesia o Pakistán… Esto resume, aunqeu ásperamente, la función histórica de los técnicos expertos, aquéllos que han sido “instruidos” en las técnicas dentro de la indiferencia moral, ética y religiosa de la universidad moderna…

Otra cita, ésta Norman Cohen, también explica porque la gente no se moviliza, y porque se culpabiliza a inmigrantes, paradxs, precarixs, perceptores de ayudas sociales…: Cuando la gente sabe, aunque sólo sea con la mitad de la cabeza, que se está cometiendo una gran injusticia y no tiene ni el valor ni la generosidad para protestar, automáticamente echa la culpa a las víctimas: es la forma más sencilla de apaciguar su conciencia.

El mal menor

Como los nazis tenían el dominio sobre las reglas y las apuestas del juego, podían utilizar la racionalidad judía a modo de recurso para conseguir sus propios fines. Pudieron arreglar las reglas y las apuestas de forma tal que cada paso racional haría más grande la indefensión de sus futuras víctimas y las acercaría un poco más a la destrucción final.

El juego en el que los nazis obligaron a los judíos a participar era el de la muerte y supervivencia y, por tanto, la acción racional, en su caso, sólo podía estar dirigida a incrementar las posibilidades de escapar de la destrucción o de limitar la escala de destrucción. El mundo de los valores se redujo a uno, permanecer con vida.

Después de cada una de las “acciones” sucesivas, los semejantes a Gens y Rumkowski sentían la necesidad de convocar reuniones generales de los cautivos que quedaban en el ghetto para explicarles por qué habían decidido “hacerlo nosotros mismos”. (En el caso de Gens, “hacerlo” había significado enviar 400 ancianos y niños de Oszmiana al lugar de ejecución y hacer que los mataran policías judíos). Los oyentes, perplejos, asistieron al despliegue matemático de una mente racional: “Si hubiéramos dejado que lo hicieran los alemanes, habrían muerto muchos más”. O en tono más personal: “Si me hubiera negado a asumir el mando, los alemanes habrían puesto en mi lugar a un hombre mucho más siniestro y cruel y las consecuencias habrían sido inimaginables”. El “beneficio” calculado racionalmente se convirtió en una obligación moral. “Sí, es mi obligación ensuciarme las manos” decidió Gens.

Se obró de acuerdo con la estrategia del “salva lo que puedas” hasta que el último judío quedó enterrado en una fosa ucraniana. Siempre había algo o alguien a quien salvar y, por tanto, siempre había ocasiones para ser racional. Los lógicos y racionales consejeros judíos se convencieron a sí mismos de que tenían que hacer el trabajo de los asesinos. Su lógica y su racionalidad era parte de plan de los asesinos. (…) parecía que cuando Dios quería destruir a alguien ya no le volvía loco, le volvía racional.

Como bien sabemos hoy, la estrategia del “salva lo que puedas”, tan racional como pudo ser, no fue de ninguna ayuda para las víctimas. Pero es que, en primer lugar, no fue una estrategia de las víctimas. Era un añadido, una extensión de la estrategia de destrucción calculada y administrada por unas fuerzas entregadas a la aniquilación. Los que se sumaron a la estrategia del “salva lo que puedas” ya habían sido marcados anteriormente como víctimas. Los que les habían marcado crearon una situación en la cual había que salvar las cosas para sobrevivir y, por lo tanto, pusieron en marcha consideraciones como “evitar pérdidas”, “costos de supervivencia” o “mal menor”. En esa situación, la racionalidad de las víctimas se había convertido en el arma de sus asesinos: la racionalidad de los dominados es siempre el arma de los dominadores.

Hoy sabemos que, no obstante todas estas verdades teóricas, los opresores encontraron, de forma sorprendente, muy pocas dificultades para solicitar la complicidad racionalmente motivada de sus víctimas.

Visto lo visto, cuando oigo que dicen que estamos fuera de la realidad, que no queremos comprometernos en las decisiones difíciles, yo cojo el poema de Raúl González Tuñón y lo vuelvo a leer: “Marchemos, gritemos, protestemos… Que cuando se escriba la historia de este tiempo que nos tocó vivir, se sepa que no estuvimos de acuerdo…”

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